lunes, 16 de mayo de 2016

Sobre las claves de nuestra tranquilidad (y Bruce Springsteen)

Supongo que funcionamos por metas y objetivos, y que nos es mil veces más fácil ir pasando los días y las semanas cuando tenemos una fecha en mente que nos da el empujón que necesitamos en momentos odiosos del día a día, como cuando tenemos que sacarnos de encima de una vez por todas ese to do que hace (demasiado) tiempo que aplazamos o cuando vemos en nuestra agenda que al día siguiente tenemos que ir a hacernos un análisis de sangre.

En el mundo ideal tendríamos una de esas meta cada día, ya lo sé, pero yo intento no hacerme trampas al solitario de modo que acepto e intento vivir con tranquilidad el hecho de que no cada día va a ser maravilloso y espectacular. No es verdad que todo nos puede emocionar ni llenar al mismo nivel como tampoco es verdad que no podamos encontrar pequeñas recompensas a diario, que sin duda hacen que todo tenga un poco más de sentido. Lo que ocurre es que hay personas, cosas y actividades que de forma mucho más genuina e inconsciente nos provocan placer y plenitud: felicidad. Y ello es bonito, creo. Por eso, sí, busco recompensas que me ayuden a hacer las cosas con más ganas. Al fin y al cabo, como siempre, se trata de saber disfrutar del camino. 

En una de esas, ya hace unos meses, compré - después de mucho sufrir - unas entradas para ir al concierto de Bruce Springsteen en Barcelona. Sería absurdo y muy poco inteligente por mi parte haber disfrutado del evento sólo durante las increíbles 3 horas y 40 minutos que Bruce nos regaló el sábado así que llevo desde entonces preparando y disfrutando el concierto. Me pasa lo mismo con los viajes, que intento alargarlos preparando la maleta días antes de coger el avión, y con las cenas con mis amigos, que intento disfrutar también días antes decidiendo a qué restaurante ir y dónde tomar la copa de después.


Encontrándome en un momento de mi vida en el que estoy creciendo a marchas forzadas y a menudo se me para el tiempo intentando despejar dudas que mi cabeza me repite casi en bucle, las letras y la música de Bruce me inspiran y me ayudan a vivir la edad que tengo, que es de lo que verdaderamente tengo ganas. 

Me cuesta horrores poner todo esto en palabras pero en realidad creo que se trata de algo tan simple como que Bruce explica muy muy bien los concepto: de Fe, de Tierra Prometida y de Amor. Seguramente las claves de nuestra tranquilidad. 

Se me hace complicado entender la vida sin Fe, y no sólo me refiero a la Fe religiosa, sino al sentimiento de esperanza y de fuerza que es indispensable para saltar según qué precipicios. Por ello creo que mi canción favoritísma no puede ser otra que Thunder Road, que me obliga a acordarme que vale la pena "tener un poco de fe, porque hay magia en la noche" (“show a little faith there’s magic in the night”). También por ello creo que no hay canción que me calme más que Devils and Dust, que me enseña lo peligroso que es tener miedo, o Atlantic City que me devuelve la esperanza porque “everything dies, baby, that’s a fact; but maybe everything that dies someday comes back”.

Tampoco creo que vida tenga mucho sentido sin la búsqueda de la Tierra Prometida: el estado ideal que nos hace ser críticos con nuestra realidad y nos empuja a perseguir la excelencia en todo lo que hacemos. Tengo mis dudas acerca de si estaría donde estoy, de si habría llegado hasta dónde he llegado sin haber escuchado millones de veces Born to run, que me ha dado valor para tomar decisiones sin mirar atrás “riding out tonight to case the Promised Land”. Por no contaros que casi cada vez que me siento en el coche me pongo The Promised Land, que me hace darme cuenta de que todo se solucionaría si consiguiera apartar de mi realidad todo lo que duele.

Y por supuesto creo ciegamente en que el Amor da sentido a casi todo lo que hacemos. Y me encanta que Bruce lo explique con historias que transmiten cómo es el motor que nos mueve y nos hace hacer y jurar cualquier cosa, como cuando cuenta la historia de un chico que le dice a una chica “‘cause if you are brave enough for love, baby I’m tougher than the rest”, que resume perfectamente cómo somos capaces de entregarnos y suplicar por ser correspondidos. O I got a crush on you, que desprende la felicidad de darse cuenta de estar enamorado.

Diría que lo bonito de sus canciones no solo es que son intemporales, sino que toman un significado distinto según vas creciendo: ayudan a entender la vida. Algunas se amoldan a tus dudas y otras te acompañan en tus momentos de máxima felicidad. Y eso no tiene precio. Diría que lo diferente de su música es que explica historias y transmite valores, tiene sentido y es coherente. Diría que lo maravilloso de sus letras es que ofrecen auténticos mantras, verdades absolutas: refugios a los que es súper fácil acceder (tan simple como escuchar su canción).

No soy experta ni en antropología ni en sociología (aunque me encantaría) pero por lo que he aprendido de mi experiencia y de la de los que me rodean, tengo claro que los referentes ayudan. Que tener la figura de alguien con quien inspirarse es una suerte porque hace el camino más fácil y sobretodo más seguro: cuando confías en una idea, en unos valores, y los usas para tomar decisiones o recurres a ellos cuando necesitas algo que te guíe sabes que las posibilidades de hacer lo correcto son altas. Y ello sencillamente porque estás siéndote fiel a ti y a tus convicciones. 

La noche del sábado fue sublime, una fiesta en toda regla. No todos los días ni todas las noches son así de intensas y está bien que así sea: al menos yo sería incapaz de digerir tanto en tan poco tiempo. Parte de la gracia de los picos de felicidad es precisamente eso, que son picos. Si se convirtiesen en algo habitual perderían fuerza, quedarían diluidos. Y es que en esta vida, como dice mi amiga E, todo es relativo, ¿no?




Hasta pronto,

X

domingo, 17 de abril de 2016

Sobre las cosas sin las que ya no puedo (ni quiero) vivir

Lo bueno de empezar a acumular experiencia es que construyes y desarrollas criterio, elementos de comparación y por lo tanto capacidad de elección.

Esa es la razón por la que desde hace unas semanas he ido pensando y detallando las cosas sin las que puedo, ni quiero, vivir. Y no, no puedo vivir sin ninguna de ellas seguramente porque no quiero (ya sabeis lo mucho que creo en la fuerza de nuestras mentes). Y me da lo mismo no poder, porque al fin y al cabo he sido yo, myself, moi-même quien ha hecho el ejercicio de darles el visado definitivo entre mis rutinas. Así que, gozad de las cosas que tienen dicho privilegio:

1. Trabajar

Al margen de que adore o no mi trabajo (lo adoro, yes, indeed), tengo claro que de algún modo, con mayor o con menor intensidad, según las circunstancias, quiero que el trabajo forme parte de mi vida.

El trabajo no solo dignifica, sino que aporta autoestima, adrenalina (a veces hasta bilurrubina) e independencia. Tener un proyecto propio y horas en las que obligamos a nuestro cerebro a focalizarse en algo concreto, es un privilegio que quiero conservar.

Y si además os pasa como a mí y tenéis la suerte de trabajar en un sitio donde los jueves se intenta ir a hacer unos gintonics sin éxito y donde los appointments en Outlook para comprar billetes de avión para ir un fin de semana al sur se posponen infinitamente, simplemente, por falta de tiempo; tendréis dos privilegios extras:

a) desarrollaréis una capacidad de reiros de vosotros mismos alucinante; y sobretodo
b) os asegurareis la comprensión y los puntos de conexión que solo se pueden tener con quien ha decidido dedicar prácticamente todo su tiempo a lo mismo que tú.


2. El aceite Midnight Recovery Concentrate de Kiehl's

Podría mentiros y deciros que hace taaaaanto tiempo que lo uso que casi ni me acuerdo de cuándo empecé a ponérmelo pero mentir no me gusta. Visualizo perfectísimamente el día que me lo compré, la ilusión que me hizo y lo mucho que aluciné con sus resultados.

Me enamoró su packaging: un botecito de cristal, azul marino (una de mis debilidades) y con un dosificador en forma de pipeta. Todo antiquísimo, de calidad y gustoso.

Te cuentan que se trata de una mezcla de aceites esenciales (todo natural, claro) de la que tienes que aplicarte tres gotitas, con cuidado y en todo el rostro cada noche antes de ir a dormir. Huele espectacular y relajante.

Os prometo que al día siguiente la piel amanece mucho más hidratada, presenta un color más uniforme, brilla y en definitiva tiene un aspecto súper renovado, natural.


3. El pescado

En búsqueda y captura de los alimentos que me sientan bien y digiero con facilidad, doy el primer puesto al pescado. No sé ni de qué me sorprendo, si el mar siempre me ha salvado y si he tenido el privilegio de cenar pescadito fresquísimo cada verano.

Es ligero, sabroso y puede cocinarse de tantísimas maneras que uno no tiene excusa: al horno con patatas, cebolla y tomate (mi preferida), al vapor, a la plancha, rebozado,...


4. Mi moto

En Barcelona es un indispensable. Una vez la tienes ya no hay vuelta atrás y se convierte en una extensión de tu cuerpo sin ni preguntártelo. No pide permiso: te facilita tanto las cosas, te ahorra tanto tiempo y tanto dinero que no tienes más remedio que arrodillarte ante ella y regalarle tu seguridad. 

Pues bien, la mía además de por todo eso, me encanta porque es negra (con destellos azules súper sutiles, of course), no pesa, es agil y bastante cañera a la vez que femenina. Lo único que me falla es no poder condirla de lado, a lo años cincuenta, sobretodo cuando llevo vestido o falda; situaciones en que mi delicadeza y compostura quedan en entredicho. Fíjate tú...


5. Las notas de voz de whatsapp

Digamos que escribir por Whatsapp, escribo poco. Ya sabemos la pérdida de matices que conlleva matener una conversación mediante mensajitos entrecortados y mal escritos, y el tiempo que se pierde explicando según qué cosas en las que los detalles son trascendentales.

Porque si necesitas consejo de tu fiel amiga o si quieres dar tu opinión sobre según qué temas necesitas poder hablar: escribir no basta. No deberíamos empeñarnos en cambiar la función de las cosas.

Enviar una nota de voz te permite explicar lo que sea en cualquier momento, dejarlo enviado y listo para escuchar cuando la persona que lo reciba tenga tiempo. Te permite enrollarte como una persiona y mantener conversaciones contigo mismo que, creédme, son necesarias y más terapéuticas de lo que podemos llegar a pensar. Además, el que la recibe puede escucharla no sólo cuándo quiera, sino todas las veces que lo necesite y pausando la reproducción cuando se sature de tu voz o cuando tenga mejores cosas que hacer, pudiéndola retomar cuando se encuentre en condiciones de resolver eso que parece una cuestión de Estado. Y es que bueno, para MI estado seguramente sí es trascendental.

Creo que con mis amigas tenemos records. No os diré lo que duran mis notas de voz porque igual me encierran mañana.

6. Las barbacoas en jardines cuando empieza el buen tiempo

Siempre he pensado que son uno de los mejores planes en los que invertir tu fin de semana. 

En primer lugar, no te obligan a levantarte pronto y a la vez te fuerzan a estar lista a mediodía de modo que acabas levantándote a media mañana (sin malgastarla entera durmiendo). Además, siempre se alargan hasta última hora de la tarde de modo que te hacen el día. Así de simple.

En segundo lugar, son divertídisimas: empiezas con el aperitivo (seguramente la mejor parte), sigues con la carne (que aunque parezca mentira pasa a un segundo o tercer plano) y acabas con pasteles caseros y copas. Plan redondo, completo. 

En tercer lugar, consiguen que te pases es el día al aire libre, absorviendo vitamina D, mejorando tu tono de piel y luciendo un conjunto monísimo. Porque no nos engañaremos: son la ocasión perfecta para lucir los tejanos que mejor te quedan con una buena camisa y unas gafas de sol extremadas. 

En cuarto lugar, lo bueno de celebrarlas en jardines es que pueden ser más o menos multitudinarias, y además ello permite mezclar grupos de gente porque el lugar (bueno, y las cervezas y el vino) propicia que el ambiente sea súper distendido de modo que nadie se acaba sintiendo extraño y acaban surgiendo las conversaciones súper interesantes.

Queremos barbacoas en jardines cada fin de semana, sí. 


También me niego a vivir sin el chocolate negro con 80% de cacao, mis amigas, el sol de invierno, las miradas casi furtivas con esos desconocidos que pasan a formar parte de tu vida porque te los encuentras cada mañana aparcando la moto, la piña y las fresas, las croquetas de mi abuela, las frases hechas, las competiciones de moreno entre amigas, las blusas blancas...

Por no hablar de cantantes como él, que ni cansan ni saturan y suenan bien en casi cualquier ocasión: 


Hasta pronto, 

X.

domingo, 13 de marzo de 2016

Sobre las cosas que hacen que yo sea yo

Que todos somos iguales es la falacia más bien formulada de la historia. Y no solo lo digo porque las desigualdades son más que evidentes y porque es mentira que todos tenemos los mismos derechos (y obligaciones) sino porque cada uno de nosotros es infinitamente diferente. 

Y sin ánimo de ser egocéntrica, porque suele costarme lo de autoanalizarme, tengo que deciros que he disfrutado del proceso de pensar en todas aquellas cosas que, me guste o no, creo que me diferencian de los demás.

Es interesante darse cuenta de que todo sigue un cierto esquema y que en cierto modo estamos cortados por un patrón que hace que, en nosotros, todo tenga algún sentido. Ya os dije una vez que somos incoherentes pero pensándolo bien, también es cierto que las cosas que nos definen explican mucho sobre quién somos. Es chulísimo que ciertas cosas nos recuerden irremediablemente a ciertas personas. Y es que me encanta tanto decir como recibir la frase "Es tan tú...".

Creo que estas son las cosas que hacen que yo sea yo: 

1. Llevar las uñas pintadas.


2. Canturrear las canciones de las películas aunque las esté escuchando por primera vez, que es de hecho lo que ocurre (casi) siempre. No sé cómo lo hago, la verdad. Pero mi cerebro parece saberse todas las melodías. Puede ser molesto, lo sé. De hecho mi amiga M me odia por eso. 


3. Peinarme antes de ir a dormir. 

Pensaréis que es una estupidez pero os equivocáis: es asqueroso pensar que metes en la cama toda la suciedad de la calle y además uno descansa mucho mejor sin enredos.


4. Siempre, always and forever tener Kleenex cerca de donde duermo. 


5. Mis tazas y mis tés e infusiones all day every day.



6. Mis anillos, mi medalla y mi reloj. Que no me quito ni para dormir y que siempre me veréis encima. 

Me encanta que la gente lleve siempre algún complemento que acabe formando parte de su persona. En mi caso, hace ya muchos años que siempre llevo tres anillos en la mano izquierda, mi medalla de nacimiento colgada y un reloj que, como debería pasar con todos los relojes, tiene un significado importante.


7. Devorar un plato de pasta. No hay nada que me siente mejor. No soy yo sin la pasta. 


8. Mi obsesión y fijación por todo lo que sea de época y por todo lo que sea británico. 

Con época me refiero a la época Victoriana, al rededor del año 1800, cuando los bailes eran espectaculares, los chicos eran mega caballerosos (una lástima que eso se haya perdido, al menos en gran medida) y las chicas tenían que ser: kind, well read and accomplished.

Si no sabéis de que os hablo, os animo a ver (de hecho, os animo a leer) Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensiblidad o Cumbres borrascosas. También podéis ver una de las mejores series del mundo, Donwton Abbey, que aunque refleja una época un poco posterior, también me apasiona. 

Y en cuanto a lo británico debe ser por el inglés, el acento y el clasicismo bien entendido. 


9. Enumerar y listar las cosas más banales de la vida. Teorizarlo y ordenarlo todo. 

Cualquier cosa que me ocurre o que alguien comparte conmigo tiene que pasar por el filtro del orden: para avanzar necesito separar por puntos, enumerar y establecer premisas y conclusiones. 


10. Hacer las maletas con una semana de antelación. Ordenar las maletas siempre de la misma manera. Un día os lo contaré porque es una técnica infalible. 

Hacer maletas no es cosa fácil, se requiere experiencia, paciencia y un poco de cabeza. A base de equivocarme, he conseguido desarrollar una técnica que me funciona cada vez. Además tengo la intención de mantener la tradición de prepararlas siempre con al menos una semana de antelación no solo porque me funciona a nivel práctico sino porque alarga el viaje y aumenta la emoción.


11. Mi intolerancia a la lactosa. Lo que se convierte en la siguiente conversación en cada restaurante al que voy; ¿Seguro que no lleva nada de lactosa?; ¿Leche, mantequilla, queso? Piense que podría morir... 



12. La necesidad de ratos de estar sola que suelen ir asociados a mi mal humor de cuando estoy cansada - por la noche.


13. La imposibilidad de compartir la toalla con alguien. NO. Lo siento. Mi toalla es mía y no se toca. Y si la dejo tendidita en la arena quiero encontrarla tal cual cuando salgo del agua. Gracias. 


14. La manía de dormir siempre que puedo en mi cama o de, en su defecto, llevarme la funda antiácaros de mi almohada allí donde tengo que pasar más de dos noches. 


15. La costumbre de poner la alarma un minuto después del que me quiero despertar para poder aprovechar al máximo. 

Me explico: la alarma está pensada de manera que si la programamos, pongamos, a las 7:30, suene a las 7:29.59'' con lo que el minuto 30 no lo dormimos. Eso me da una rabia tal que lo que hago es ponerla a las 7:31 para así dormir verdaderamente hasta las 7:30.



16. Mi obsesión con mi inicial. La llevo y la tengo en muchos formatos. Me encanta. 


17. Mi fobia a las arañas (hasta me ha costado escribir la palabra). 


18. El odio eterno que le tengo a una mesa mal puesta, a un cuchillo mal colocado y a unos cubiertos mal cogidos. 


19. El color gris. 

Y mis muchas camisetas a rayas. Y mis tejanos negros. Y mis náuticas. Y mis chales hechos de ganchillo.

20. Esta canción:



Los que más me conocen os podrán decir si todo esto me define, y podrán seguramente añadir otras muchas cosas que asocian conmigo, y eso es lo bonito: la imagen y sensación que transmitimos varía y generamos experiencias distintas.

¿Y a vosotros, qué es lo que os caracteriza?


X. 

domingo, 7 de febrero de 2016

Sobre la acumulación de dudas

Esta semana cumplí 24 años. Veinticuatro. Si os soy sincera, tenía muchas ganas de dejar atrás los 23 porque desgraciadamente soy un pelín supersticiosa y a mí los números impares nunca me han sonreído (ni yo a ellos).

Mis flores favoritas

Pero más allá de eso, cogí los 24 con una mezcla de más bien poca ilusión y más bien bastante vértigo. Cumplir años cada vez me gusta menos. No tiene nada que ver con lo típico de no querer hacerse mayor; al contrario: me siento demasiado afortunada por poder seguir en el mundo. Pero la verdad es que me cuesta avanzar sabiendo que ya no estamos todos, y sobretodo me da vértigo darme cuenta de que los años pasan y no tengo las cosas claras. Año que pasa, preguntas sin respuesta que se acumulo.

Sartre, que sabía mucho, ya lo dijo en su obra La Nausea: "He aquí que una ojeada a la interrogación misma, en el momento en que creíamos alcanzar la meta, nos revela de pronto que estamos rodeados de nada. La posibilidad permanente del no-ser, fuera de nosotros y en nosotros, condiciona nuestras interrogaciones sobre el ser."


Durante la década que transcurre de los 20 a los 30 años, se espera mucho de nosotros: está establecido que empezamos la edad adulta y con ello se supone que debemos encontrar al amor de nuestra vida, al mejor amante y compañero; se supone que debemos ahorrar e independizarnos, empezar a pagar todas las facturas y a ir solos al médico. Se supone que debemos empezar a pensar en la idea de formar una familia (tener hijos!, mon Dieu). Pero sobretodo se nos pide que encontremos nuestra pasión y que seamos felices con el trabajo que consigamos.

Buscamos una vida que sea como el mar, que de tan bonito da miedo

De estos diez años yo ya he gastado tres, y la verdad es que no veo las cosas del todo claras. Con la carrera acabada y trabajando en algo que sinceramente creo que me gusta genuinamente, no hay semana en la que no se me pase por la mente la taladradora pregunta de quién soy, de si estoy usando todo mi potencial y si estoy siéndome fiel a mi misma. A menudo me visualizo cogiendo una maleta llena de mis cosas favoritas y yéndome a no sé donde, a hacer no se qué.

Calme-toi!!!! (Good) things take time

También es verdad que todo se me pasa cuando leo las leyes y las entiendo y cuando me explican una gran operación y me emociono, y cuando me río a carcajada limpia porque no me da la gana de ir al gimnasio. También es verdad que todo el agobio desaparece cuando llego a la comodidad de mi pijama y mi cama, cuando recibo un mensaje tonto de una de mis amigas. Porque al fin y al cabo supongo que la vida es más real y física de lo que a veces pienso. Que las cosas son lo que son, lo que vemos y lo que percibimos (y no voy a entrar en relativismos extremos porque hago una bola mental de la que no saldría nunca). En definitiva, lo que creo es que las cosas son más simples (que no fáciles) de lo que a ratos las sentimos.

Fan absoluta de los cactus en la oficina

Esta mañana he ido a pasear al Mercantic, un mercado de antigüedades en el que he pasado muchos domingos por la mañana y que de pequeña odiaba con todas mis fuerzas. Ahora me encanta, claro. Y de repente y sin ser muy consciente de ello, he sentido ilusión por guardar parte de mi sueldo y poder llegar a comprarme todos los muebles que me hagan feliz y me hagan sentir que pertenezco. Y me he visto en un pisito. Entonces, igual es verdad que de los 20 a los 30 toca empezar a construir nuestro mundo, ¿no?; entonces igual es verdad que aquí y ahora estoy bien y que aquí y ahora es donde empezará todo, y no en las filipinas montando un puesto de submarinismo, ¿no?

Y lo bien que se está en casa

Y es que, al fin y al cabo, todos esos muebles llevan sirviendo a generaciones de gente que, como yo, también se sintió perdida y también intentó encontrar algo en lo que era bueno. Y siguen allí, con una paciencia infinita, esperando a ser testigos de dudas que se resuelven. La suerte que tienen es que todo vuelve: lo que mis abuelos compraron al casarse ahora está de moda. Será que todos pasamos por lo mismo y ninguno nos ahorramos la agonía de descubrir algo en lo que somos buenos, de atrevernos a querer sin reservas. 

Es posible que mi habitación se parezca a esta

También he pensado que haber nacido con ninguna duda y sin podernos preguntar el sentido de las cosas tendría poca gracia. Es un gran challenge, pero creo que el mundo no sería el mundo si no nos preguntáramos cuál es el sentido de nuestras vidas. Otra cosa importante a tener presente, para quitarnos presión, es que la razón y explicación de nuestras vidas no tiene por qué ser algo enorme e impactante.

Invitar a cenar a tus amigas para celebrar tu cumpleaños es una cosa pequeña que llena mucho

Paseando entre sillas, cómodas, lámparitas de cristal, vajillas preciosas y espejos moteados por el paso del tiempo me ha apetecido continuar buscando respuestas y he visto claro que no llegarán ni mañana ni pasado y seguramente tampoco a los treinta.

Compraré cristalería así

Me ha apetecido centrarme en las cosas que son y en las que quiero que sean, percibiendo más y mejor lo que me rodea que, en definitiva, es lo que mi vida es. Que si, como nos advertía Sartre, nos dejamos arroyar por las dudas y las preguntas sin respuesta, nunca saldremos del huracán. 

Esta canción lo hace todo más fácil:


Hasta pronto,

X.



domingo, 24 de enero de 2016

Cosas que a la gente sí pero a mi no

Hace unas semanas os escribía sobre las cosas que a la gente no pero a mi sí, pero la realidad es que la idea nació un día en el que listé las cosas que a la gente sí y a mi, definitivamente, no. Pensé que era mejor empezar siendo un poco positiva y abandonar mi vertiente más destroyer para más adelante.

Con los años uno va definiendo sus gustos, esto está claro. Además hay modas que son absolutamente pasajeras y que van y vienen con los años. Sin embargo, hay cosas que creo que están casi en nuestro ADN y que nos repelen de una forma casi instintiva. Que nunca nos han gustado y nunca nos van a gustar. Aquí lo de "nunca digas nunca" no funciona.

Para gustos, los colores. Ahí van, sin juzgar a nadie, las cosas que tienen un éxito brutal y que yo no acabo de saber apreciar:

1. Los relojes grandes 

Soy consciente de que grande es un adjetivo relativo y que por lo tanto lo que para mí sea grande para ti será pequeño pero creo que todo os hacéis una idea de los relojes a los que me refiero. No soporto los relojes grandotes, bastos, ostentosos y que abultan en la muñeca. Me dan especial repelús los chicos con relojes grandes. En algunas cosas más vale ser clásico y optar por lo de siempre.

Creo que viviré más tranquila cuando pase la moda del reloj grande, ahora mismo vivo con un temor a que alguien me dé un golpetazo con ese trozo de metal y me deje K.O. por un rato.

Así, sí.

2. Los chicos chulos y fardones

De verdad, hay que empezar a entender que fardar por fardar y hacerse el chulo no funciona. Tampoco vale ser un merluzo sin sangre en las venas, claro. Pero no hay nada que me guste menos que un chico preponte que luce el coche de su padre, que se mira en los espejos más que yo y que lleva un reloj enorme (remisión directa al punto 1, sí).

Que lo que me tengas que demostrar ya me lo enseñarás con el tiempo, que es mucho más divertido ir descubriéndote los puntos positivos por sorpresa.

Llévame con un coche así de viejo y bonito; pero llévame.

3. Los "bombones" Ferrero Rocher y el "turrón" Souchard

Que nadie me mate; que nadie se enfade conmigo. Todo tiene una explicación.

En primer lugar, he usado las comillas porque, para mí, ni los Ferrero Rocher son bombones, ni el Souchard es un turrón: son chocolatinas fabricadas en masa que nada tienen que ver con los productos artesanos y de pastelería. Son todo azúcar,  llevan chocolate de poca calidad y se venden a montones en los supermercados.

Prefiero mil veces comprarme muy de vez en cuando un buen bombón de confitería que ir al supermercado y comprar una caja de plástico con bombas de Nutella envueltas en papel de aluminio. Me gusta que las cosas sean un poco más especiales.

Es cuestión de prioridades, nada más.

Ñam.

4. Los viajes organizados

Somos ovejitas a diario y en mil situaciones. No hace falta viajar en rebaño. Tenemos suficientes capacidades como para buscarnos la vida y descubrir solitos, con una buena guía en mano y fiándonos de los locales, los lugares que visitemos.

En mi próximo viaje tengo pensado alquilar un coche y dejarme perder por el Big Sur.

5. Los chicos demasiado musculados

Todo en su sitio, nada más.

Bruce siempre es un referente. 

6. El color lila, morado

Es algo innato. De verdad que me sabe mal pero no me gusta el color morado. Creo que es porque lo relaciono con lo cursi y por nada del mundo quiero serlo.

Eso sí, me apasiona el color lavanda. Matices, supongo.

Este lila igual sí me gusta.

7. La vainilla

No hay manera de deshacerse de la vainilla, tú. La gente tiene la manía de poner vainilla en todas partes: galletas y pasteles. Hasta aquí, vale. Lo puendo entender. Desodorantes y perfumes. Esto sí que no, no y no. Centrémonos: ¿cómo un olor tan empalagoso va a dar sensación de limpio y fresco?

Hasta para regalar...

8. La gente que habla de sexo y de dinero

No soporto las conversaciones de sexo explícito: me parecen desagradables e innecesarias. Nada más divertido que hacer bromas con mis amigas sobre anécdotas y dudas, pero siempre desde la inocencia y la complicidad. Siempre sin hacer referencia directa a nada. Es un tema tan compartido por todos que demasiadas explicaciones sobran. Tampoco es un tema que sea necesario hablar a todas horas.

Llevo fatal la gente que cuantifica cada cosa de la que habla y que pregunta directamente cuánto te han costado los tejanos que estrenas o el reloj que llevas. Horror. No solo es incómodo, sino que me parece de poca discreción. Además, un googlelazo soluciona cualquier duda. Evitémoslo.

Explicar que te has comprado este conjunto, sí. Más allá de eso todos podemos intuir. 

Pero vaya, no me odiéis. También adoro cosas que nos gustan a todos (supongo y espero) como los aterdeceres en la playa, las películas cursis y malas, las chuches, los gofres, los perros, Ryan Gosling, las escapadas de fin de semana, los macarrones de mi madre, los gintonics, las novelas de Jane Austen, los chicos que hacen reír, un buen café por la mañana, bailar, cantar a todo pulmón, llorar con Anatomía de Grey, la serie Lost, la sensación de felicidad de después de hacer deporte,...

¿No soñáis con una habitación así?

Y por supuesto me enamora esta canción:


Hasta pronto,

X.

domingo, 17 de enero de 2016

Sobre lo que pretendo hacer con el año 2016

Los propósitos de año nuevo me dan bastante rabia. Seguramente es porque no soy muy buena cumpliéndolos y al final se convierten en un boomerang que me llega en tono burleta con un "¿Lo ves?, no lo conseguiste. Estaba claro.Ya sabías que estabas siendo demasiado optimista". Por eso, y porque creo que no me hago ningún favor poniéndome presión absurda mí misma (ya tengo suficiente con la que me ponen los demás,  con la que me regala la vida y con la que es inevitable de por sí), no suelo proponerme grandes metas cuando empieza un nuevo año. 

Lo que pasa es que, como supongo que todo el mundo, durante la Navidad y sobretodo durante los primeros días del mes de enero, pienso en lo que me gustaría hacer, visualizo todos los meses del año, repaso los planes que ya tengo fijados y busco motivaciones que me hagan pensar que sí, que este año también lo voy a petar. A mi favor tengo que el frío me anima y que las calçotadas y las esquiadas con amigos me encantan. 

Ahora que ya hemos inaugurado la segunda quincena del mes enero (wait, what? no me lo creo) y que acabo de volver de un fin de semana en la Costa Brava súper regenerador, divertido e íntimo, tengo claro que sería genial, maravilloso, tremendo, súper guay conseguir:

1. Dejar de decir palabrotas

Basta. En serio. Ya está bien de tanta tontería, que tenemos una edad. Creo que lo que menos me gusta de mí es que digo palabrotas. Es tan poco femenino, por Dios cómo lo odio. He de confesar que el año pasado (y seguramente el anterior) también me lo propuse y no lo conseguí, pero tengo un presentimento de que en 2016 abandonaré el mal vocabulario para siempre. 

Mi problema está en que las palabrotas me ayudan a dejar ir las malas vibraciones. Lo bueno que tienen es que son inofensivas (no os penséis que voy insultando al personal, es más un exceso en los verbos fuertes y los calificativos negativos cuando explico y narro anécdotas) y que me ayudan muchísimo a desfogarme. A parte las medio palabrotas como "mecachis" me suenan cursis y ridículas. O digo un buen taco, o me lo ahorro del todo. 



2. Hidratarme el cuerpo cada día

Con la cara no tengo problemas y sigo mis rituales a diario, sin excepción. Ni cuando vuelvo de fiesta me los salto. Lo sé, increíble pero cierto. Ahora, cuando pasamos al territorio cuerpo....mal, muy mal. El otro día estaba en pilates y me vi las piernas. Quedé petrificada en una postura que por poco me rompe por dos: parecía una serpiente. 

¿Hay algo más feo en una mujer? Seguramente no. Tiene muy fácil solución así que no hay excusas. 


3. Coger buena forma física

Lo bueno de trabajar con muchas chicas de tu edad y de tener un gimnasio a, literalmente, un minuto andando del despacho es que consigues hacer ejercicio acompañada al menos dos veces a la semana (y, si realmente quieres, tres).

Mi objetivo es estar mucho más saludable, fuerte y con energía positiva. Por ello querría continuar yendo al gimnasio al menos dos veces entre la semana e ir a yoga los domingos por la mañana (esta última es como un chiste buenísimo). Escrito queda. Ya os informaré.


4. Viajar por Europa

Me faltan muchas capitales. Quiero conocer mejor Italia. Benditos fines de semana.


5. Seguir poniendo el modo avión cada noche

En 2015 adopté la costumbre de apagar los datos del móvil antes de irme a dormir. Y supongo que es un tema totalmente psicológico pero duermo más tranquila, mejor. Además estos últimos meses suelo reactivar internet cuando llego al trabajo, de modo que me paso un par de horas al día totalmente desconectada. Ojalá siga haciéndolo.


5 bis. Eliminar las dobles pantallas

Mucho más difícil que el punto anterior. Me encantaría dejar de mirar el móvil cuando miro una peli, o cuando estoy en el cine. Una sola cosa a la vez. Gracias.


6. Ser menos autoexigente y dura conmigo misma

No es la ocasión ni el lugar de ponerme súper profunda pero, si alguno de vosotros se encuentra en un momento de cambios importantes, de adaptación a nuevos proyectos y de crecimiento personal aceleradísimo igual me entenderá. 

Por nada del mundo quiero abandonar mi ambición (dejaría de ser yo) pero igual valdría la pena entender e interiorizar de una vez por todas que las cosas toman tiempo y que no todas las decisiones tienen consecuencias inmediatas. Que las respuestas irán llegando y todo irá cobrando sentido. Que lo que estamos haciendo ahora nos llevará quien acabaremos siendo. 

Pretender tenerlo todo claro, pretender no dudar, pretender sentirnos bien con nosotros mismos en todo momento y ser súper buenos amigos de nuestros amigos, contestar a todos los mensajes que nos llegan, estar siempre de buen humor, comer bien cada día, ser los mejores en nuestro trabajo, leer, enterarnos de todo lo que ocurre en el mundo,...igual no tiene sentido. No lo sé. 

Lo que sí sé es que, al menos yo, funcionaré mejor si consigo pedirme menos. Supongo que no dejaré de valer la pena. 


7. Usar más el plural

Hay amigas con las que te sientes súper identificada y comprendida. Hay amigas con las que hablas tanto que acabas viviendo tus historias y las suyas (como si fueran tuyas, quiero decir). Por ello, he adoptado el plural para sentenciar y llegar a conclusiones. Porque al fin y al cabo si me gusta a mí, a vosotras también. Si os gusta a vosotras, a mí también. Es un tema de apoyo mútuo. 

Para que luego digan que las chicas tenemos relaciones superficiales...No tienen ni idea.

Y - Es alto, lleva Lacostes viejos, me lleva a exposiciones y me hace reír. Me gusta mucho.

X- Oh, nos encanta. Sí sí, nos gusta, nos gusta. 

Estamos 100% de acuerdo con esta afirmación y es uno de nuestros mantras

8. Sonreír más

Hay gente que sonríe mucho. Yo no. Dicen (y estoy segura de que es verdad) que ayuda a positivizar y cambia el ánimo. A ver si lo consigo.


9. Usar más los paréntesis

Quien me conoce sabe que soy un tanto friki del lenguaje. Me encantan los paréntesis. Van de coña para introducir información que no es estrictamente necesaria (todos os sabéis la teoría pero vale la pena demostrarlo aquí) de modo que los uso un montón en whatsapp para darle un toque divertido a mis historias. Seguiré, por petición popular, haciéndolo.

Año 2016; año de paréntesis.


10. No obsesionarme con el exterior  

Vale la pena darse un momento para pensar en lo que es realmente importante. Malditas redes sociales. Maldito whatsapp. Maldita realidad que pasa volando por delante nuestro. 




En realidad, lo que realmente me encantaría conseguir durante este año 2016 es dejar que cada día venga, suceda y ocurra con todos sus minutos en lugar de empujar las semanas y los meses esperando que llegue algo que aún no sé ni lo que es ni qué forma tiene, ni cómo se siente.


Hasta pronto,

X.