domingo, 7 de febrero de 2016

Sobre la acumulación de dudas

Esta semana cumplí 24 años. Veinticuatro. Si os soy sincera, tenía muchas ganas de dejar atrás los 23 porque desgraciadamente soy un pelín supersticiosa y a mí los números impares nunca me han sonreído (ni yo a ellos).

Mis flores favoritas

Pero más allá de eso, cogí los 24 con una mezcla de más bien poca ilusión y más bien bastante vértigo. Cumplir años cada vez me gusta menos. No tiene nada que ver con lo típico de no querer hacerse mayor; al contrario: me siento demasiado afortunada por poder seguir en el mundo. Pero la verdad es que me cuesta avanzar sabiendo que ya no estamos todos, y sobretodo me da vértigo darme cuenta de que los años pasan y no tengo las cosas claras. Año que pasa, preguntas sin respuesta que se acumulo.

Sartre, que sabía mucho, ya lo dijo en su obra La Nausea: "He aquí que una ojeada a la interrogación misma, en el momento en que creíamos alcanzar la meta, nos revela de pronto que estamos rodeados de nada. La posibilidad permanente del no-ser, fuera de nosotros y en nosotros, condiciona nuestras interrogaciones sobre el ser."


Durante la década que transcurre de los 20 a los 30 años, se espera mucho de nosotros: está establecido que empezamos la edad adulta y con ello se supone que debemos encontrar al amor de nuestra vida, al mejor amante y compañero; se supone que debemos ahorrar e independizarnos, empezar a pagar todas las facturas y a ir solos al médico. Se supone que debemos empezar a pensar en la idea de formar una familia (tener hijos!, mon Dieu). Pero sobretodo se nos pide que encontremos nuestra pasión y que seamos felices con el trabajo que consigamos.

Buscamos una vida que sea como el mar, que de tan bonito da miedo

De estos diez años yo ya he gastado tres, y la verdad es que no veo las cosas del todo claras. Con la carrera acabada y trabajando en algo que sinceramente creo que me gusta genuinamente, no hay semana en la que no se me pase por la mente la taladradora pregunta de quién soy, de si estoy usando todo mi potencial y si estoy siéndome fiel a mi misma. A menudo me visualizo cogiendo una maleta llena de mis cosas favoritas y yéndome a no sé donde, a hacer no se qué.

Calme-toi!!!! (Good) things take time

También es verdad que todo se me pasa cuando leo las leyes y las entiendo y cuando me explican una gran operación y me emociono, y cuando me río a carcajada limpia porque no me da la gana de ir al gimnasio. También es verdad que todo el agobio desaparece cuando llego a la comodidad de mi pijama y mi cama, cuando recibo un mensaje tonto de una de mis amigas. Porque al fin y al cabo supongo que la vida es más real y física de lo que a veces pienso. Que las cosas son lo que son, lo que vemos y lo que percibimos (y no voy a entrar en relativismos extremos porque hago una bola mental de la que no saldría nunca). En definitiva, lo que creo es que las cosas son más simples (que no fáciles) de lo que a ratos las sentimos.

Fan absoluta de los cactus en la oficina

Esta mañana he ido a pasear al Mercantic, un mercado de antigüedades en el que he pasado muchos domingos por la mañana y que de pequeña odiaba con todas mis fuerzas. Ahora me encanta, claro. Y de repente y sin ser muy consciente de ello, he sentido ilusión por guardar parte de mi sueldo y poder llegar a comprarme todos los muebles que me hagan feliz y me hagan sentir que pertenezco. Y me he visto en un pisito. Entonces, igual es verdad que de los 20 a los 30 toca empezar a construir nuestro mundo, ¿no?; entonces igual es verdad que aquí y ahora estoy bien y que aquí y ahora es donde empezará todo, y no en las filipinas montando un puesto de submarinismo, ¿no?

Y lo bien que se está en casa

Y es que, al fin y al cabo, todos esos muebles llevan sirviendo a generaciones de gente que, como yo, también se sintió perdida y también intentó encontrar algo en lo que era bueno. Y siguen allí, con una paciencia infinita, esperando a ser testigos de dudas que se resuelven. La suerte que tienen es que todo vuelve: lo que mis abuelos compraron al casarse ahora está de moda. Será que todos pasamos por lo mismo y ninguno nos ahorramos la agonía de descubrir algo en lo que somos buenos, de atrevernos a querer sin reservas. 

Es posible que mi habitación se parezca a esta

También he pensado que haber nacido con ninguna duda y sin podernos preguntar el sentido de las cosas tendría poca gracia. Es un gran challenge, pero creo que el mundo no sería el mundo si no nos preguntáramos cuál es el sentido de nuestras vidas. Otra cosa importante a tener presente, para quitarnos presión, es que la razón y explicación de nuestras vidas no tiene por qué ser algo enorme e impactante.

Invitar a cenar a tus amigas para celebrar tu cumpleaños es una cosa pequeña que llena mucho

Paseando entre sillas, cómodas, lámparitas de cristal, vajillas preciosas y espejos moteados por el paso del tiempo me ha apetecido continuar buscando respuestas y he visto claro que no llegarán ni mañana ni pasado y seguramente tampoco a los treinta.

Compraré cristalería así

Me ha apetecido centrarme en las cosas que son y en las que quiero que sean, percibiendo más y mejor lo que me rodea que, en definitiva, es lo que mi vida es. Que si, como nos advertía Sartre, nos dejamos arroyar por las dudas y las preguntas sin respuesta, nunca saldremos del huracán. 

Esta canción lo hace todo más fácil:


Hasta pronto,

X.



domingo, 24 de enero de 2016

Cosas que a la gente sí pero a mi no

Hace unas semanas os escribía sobre las cosas que a la gente no pero a mi sí, pero la realidad es que la idea nació un día en el que listé las cosas que a la gente sí y a mi, definitivamente, no. Pensé que era mejor empezar siendo un poco positiva y abandonar mi vertiente más destroyer para más adelante.

Con los años uno va definiendo sus gustos, esto está claro. Además hay modas que son absolutamente pasajeras y que van y vienen con los años. Sin embargo, hay cosas que creo que están casi en nuestro ADN y que nos repelen de una forma casi instintiva. Que nunca nos han gustado y nunca nos van a gustar. Aquí lo de "nunca digas nunca" no funciona.

Para gustos, los colores. Ahí van, sin juzgar a nadie, las cosas que tienen un éxito brutal y que yo no acabo de saber apreciar:

1. Los relojes grandes 

Soy consciente de que grande es un adjetivo relativo y que por lo tanto lo que para mí sea grande para ti será pequeño pero creo que todo os hacéis una idea de los relojes a los que me refiero. No soporto los relojes grandotes, bastos, ostentosos y que abultan en la muñeca. Me dan especial repelús los chicos con relojes grandes. En algunas cosas más vale ser clásico y optar por lo de siempre.

Creo que viviré más tranquila cuando pase la moda del reloj grande, ahora mismo vivo con un temor a que alguien me dé un golpetazo con ese trozo de metal y me deje K.O. por un rato.

Así, sí.

2. Los chicos chulos y fardones

De verdad, hay que empezar a entender que fardar por fardar y hacerse el chulo no funciona. Tampoco vale ser un merluzo sin sangre en las venas, claro. Pero no hay nada que me guste menos que un chico preponte que luce el coche de su padre, que se mira en los espejos más que yo y que lleva un reloj enorme (remisión directa al punto 1, sí).

Que lo que me tengas que demostrar ya me lo enseñarás con el tiempo, que es mucho más divertido ir descubriéndote los puntos positivos por sorpresa.

Llévame con un coche así de viejo y bonito; pero llévame.

3. Los "bombones" Ferrero Rocher y el "turrón" Souchard

Que nadie me mate; que nadie se enfade conmigo. Todo tiene una explicación.

En primer lugar, he usado las comillas porque, para mí, ni los Ferrero Rocher son bombones, ni el Souchard es un turrón: son chocolatinas fabricadas en masa que nada tienen que ver con los productos artesanos y de pastelería. Son todo azúcar,  llevan chocolate de poca calidad y se venden a montones en los supermercados.

Prefiero mil veces comprarme muy de vez en cuando un buen bombón de confitería que ir al supermercado y comprar una caja de plástico con bombas de Nutella envueltas en papel de aluminio. Me gusta que las cosas sean un poco más especiales.

Es cuestión de prioridades, nada más.

Ñam.

4. Los viajes organizados

Somos ovejitas a diario y en mil situaciones. No hace falta viajar en rebaño. Tenemos suficientes capacidades como para buscarnos la vida y descubrir solitos, con una buena guía en mano y fiándonos de los locales, los lugares que visitemos.

En mi próximo viaje tengo pensado alquilar un coche y dejarme perder por el Big Sur.

5. Los chicos demasiado musculados

Todo en su sitio, nada más.

Bruce siempre es un referente. 

6. El color lila, morado

Es algo innato. De verdad que me sabe mal pero no me gusta el color morado. Creo que es porque lo relaciono con lo cursi y por nada del mundo quiero serlo.

Eso sí, me apasiona el color lavanda. Matices, supongo.

Este lila igual sí me gusta.

7. La vainilla

No hay manera de deshacerse de la vainilla, tú. La gente tiene la manía de poner vainilla en todas partes: galletas y pasteles. Hasta aquí, vale. Lo puendo entender. Desodorantes y perfumes. Esto sí que no, no y no. Centrémonos: ¿cómo un olor tan empalagoso va a dar sensación de limpio y fresco?

Hasta para regalar...

8. La gente que habla de sexo y de dinero

No soporto las conversaciones de sexo explícito: me parecen desagradables e innecesarias. Nada más divertido que hacer bromas con mis amigas sobre anécdotas y dudas, pero siempre desde la inocencia y la complicidad. Siempre sin hacer referencia directa a nada. Es un tema tan compartido por todos que demasiadas explicaciones sobran. Tampoco es un tema que sea necesario hablar a todas horas.

Llevo fatal la gente que cuantifica cada cosa de la que habla y que pregunta directamente cuánto te han costado los tejanos que estrenas o el reloj que llevas. Horror. No solo es incómodo, sino que me parece de poca discreción. Además, un googlelazo soluciona cualquier duda. Evitémoslo.

Explicar que te has comprado este conjunto, sí. Más allá de eso todos podemos intuir. 

Pero vaya, no me odiéis. También adoro cosas que nos gustan a todos (supongo y espero) como los aterdeceres en la playa, las películas cursis y malas, las chuches, los gofres, los perros, Ryan Gosling, las escapadas de fin de semana, los macarrones de mi madre, los gintonics, las novelas de Jane Austen, los chicos que hacen reír, un buen café por la mañana, bailar, cantar a todo pulmón, llorar con Anatomía de Grey, la serie Lost, la sensación de felicidad de después de hacer deporte,...

¿No soñáis con una habitación así?

Y por supuesto me enamora esta canción:


Hasta pronto,

X.

domingo, 17 de enero de 2016

Sobre lo que pretendo hacer con el año 2016

Los propósitos de año nuevo me dan bastante rabia. Seguramente es porque no soy muy buena cumpliéndolos y al final se convierten en un boomerang que me llega en tono burleta con un "¿Lo ves?, no lo conseguiste. Estaba claro.Ya sabías que estabas siendo demasiado optimista". Por eso, y porque creo que no me hago ningún favor poniéndome presión absurda mí misma (ya tengo suficiente con la que me ponen los demás,  con la que me regala la vida y con la que es inevitable de por sí), no suelo proponerme grandes metas cuando empieza un nuevo año. 

Lo que pasa es que, como supongo que todo el mundo, durante la Navidad y sobretodo durante los primeros días del mes de enero, pienso en lo que me gustaría hacer, visualizo todos los meses del año, repaso los planes que ya tengo fijados y busco motivaciones que me hagan pensar que sí, que este año también lo voy a petar. A mi favor tengo que el frío me anima y que las calçotadas y las esquiadas con amigos me encantan. 

Ahora que ya hemos inaugurado la segunda quincena del mes enero (wait, what? no me lo creo) y que acabo de volver de un fin de semana en la Costa Brava súper regenerador, divertido e íntimo, tengo claro que sería genial, maravilloso, tremendo, súper guay conseguir:

1. Dejar de decir palabrotas

Basta. En serio. Ya está bien de tanta tontería, que tenemos una edad. Creo que lo que menos me gusta de mí es que digo palabrotas. Es tan poco femenino, por Dios cómo lo odio. He de confesar que el año pasado (y seguramente el anterior) también me lo propuse y no lo conseguí, pero tengo un presentimento de que en 2016 abandonaré el mal vocabulario para siempre. 

Mi problema está en que las palabrotas me ayudan a dejar ir las malas vibraciones. Lo bueno que tienen es que son inofensivas (no os penséis que voy insultando al personal, es más un exceso en los verbos fuertes y los calificativos negativos cuando explico y narro anécdotas) y que me ayudan muchísimo a desfogarme. A parte las medio palabrotas como "mecachis" me suenan cursis y ridículas. O digo un buen taco, o me lo ahorro del todo. 



2. Hidratarme el cuerpo cada día

Con la cara no tengo problemas y sigo mis rituales a diario, sin excepción. Ni cuando vuelvo de fiesta me los salto. Lo sé, increíble pero cierto. Ahora, cuando pasamos al territorio cuerpo....mal, muy mal. El otro día estaba en pilates y me vi las piernas. Quedé petrificada en una postura que por poco me rompe por dos: parecía una serpiente. 

¿Hay algo más feo en una mujer? Seguramente no. Tiene muy fácil solución así que no hay excusas. 


3. Coger buena forma física

Lo bueno de trabajar con muchas chicas de tu edad y de tener un gimnasio a, literalmente, un minuto andando del despacho es que consigues hacer ejercicio acompañada al menos dos veces a la semana (y, si realmente quieres, tres).

Mi objetivo es estar mucho más saludable, fuerte y con energía positiva. Por ello querría continuar yendo al gimnasio al menos dos veces entre la semana e ir a yoga los domingos por la mañana (esta última es como un chiste buenísimo). Escrito queda. Ya os informaré.


4. Viajar por Europa

Me faltan muchas capitales. Quiero conocer mejor Italia. Benditos fines de semana.


5. Seguir poniendo el modo avión cada noche

En 2015 adopté la costumbre de apagar los datos del móvil antes de irme a dormir. Y supongo que es un tema totalmente psicológico pero duermo más tranquila, mejor. Además estos últimos meses suelo reactivar internet cuando llego al trabajo, de modo que me paso un par de horas al día totalmente desconectada. Ojalá siga haciéndolo.


5 bis. Eliminar las dobles pantallas

Mucho más difícil que el punto anterior. Me encantaría dejar de mirar el móvil cuando miro una peli, o cuando estoy en el cine. Una sola cosa a la vez. Gracias.


6. Ser menos autoexigente y dura conmigo misma

No es la ocasión ni el lugar de ponerme súper profunda pero, si alguno de vosotros se encuentra en un momento de cambios importantes, de adaptación a nuevos proyectos y de crecimiento personal aceleradísimo igual me entenderá. 

Por nada del mundo quiero abandonar mi ambición (dejaría de ser yo) pero igual valdría la pena entender e interiorizar de una vez por todas que las cosas toman tiempo y que no todas las decisiones tienen consecuencias inmediatas. Que las respuestas irán llegando y todo irá cobrando sentido. Que lo que estamos haciendo ahora nos llevará quien acabaremos siendo. 

Pretender tenerlo todo claro, pretender no dudar, pretender sentirnos bien con nosotros mismos en todo momento y ser súper buenos amigos de nuestros amigos, contestar a todos los mensajes que nos llegan, estar siempre de buen humor, comer bien cada día, ser los mejores en nuestro trabajo, leer, enterarnos de todo lo que ocurre en el mundo,...igual no tiene sentido. No lo sé. 

Lo que sí sé es que, al menos yo, funcionaré mejor si consigo pedirme menos. Supongo que no dejaré de valer la pena. 


7. Usar más el plural

Hay amigas con las que te sientes súper identificada y comprendida. Hay amigas con las que hablas tanto que acabas viviendo tus historias y las suyas (como si fueran tuyas, quiero decir). Por ello, he adoptado el plural para sentenciar y llegar a conclusiones. Porque al fin y al cabo si me gusta a mí, a vosotras también. Si os gusta a vosotras, a mí también. Es un tema de apoyo mútuo. 

Para que luego digan que las chicas tenemos relaciones superficiales...No tienen ni idea.

Y - Es alto, lleva Lacostes viejos, me lleva a exposiciones y me hace reír. Me gusta mucho.

X- Oh, nos encanta. Sí sí, nos gusta, nos gusta. 

Estamos 100% de acuerdo con esta afirmación y es uno de nuestros mantras

8. Sonreír más

Hay gente que sonríe mucho. Yo no. Dicen (y estoy segura de que es verdad) que ayuda a positivizar y cambia el ánimo. A ver si lo consigo.


9. Usar más los paréntesis

Quien me conoce sabe que soy un tanto friki del lenguaje. Me encantan los paréntesis. Van de coña para introducir información que no es estrictamente necesaria (todos os sabéis la teoría pero vale la pena demostrarlo aquí) de modo que los uso un montón en whatsapp para darle un toque divertido a mis historias. Seguiré, por petición popular, haciéndolo.

Año 2016; año de paréntesis.


10. No obsesionarme con el exterior  

Vale la pena darse un momento para pensar en lo que es realmente importante. Malditas redes sociales. Maldito whatsapp. Maldita realidad que pasa volando por delante nuestro. 




En realidad, lo que realmente me encantaría conseguir durante este año 2016 es dejar que cada día venga, suceda y ocurra con todos sus minutos en lugar de empujar las semanas y los meses esperando que llegue algo que aún no sé ni lo que es ni qué forma tiene, ni cómo se siente.


Hasta pronto,

X.



lunes, 28 de diciembre de 2015

De lo que le robo al año 2015

Cada año el tiempo pasa más y más rápido. Creo que ahora el tiempo ya me pasa volando. Me cuesta pensar que ya está, que se acabó, que 2015 ya pasó. Sin embargo, a la vez tengo la sensación de haber hecho millones de cosas y de haber evolucionado bastante. Es una sensación extrañísima, como de que las cosas pasan muy rápido y en seguida quedan lejos pero a la vez parece hace dos días que estábamos celebrando el nuevo año.


De 2015 me quedo con las esquiadas de principios de año con amigos que suben de empalmada y se retiran a la hora y media de (intentar) esquiar y esquiadas a finales de año,  con conversaciones más que profundas entre bajada y bajada; acompañados de pisters que recogen piedras - mis hijos no esquiarán: la nieve es ya un milagro - y cenas de olla aranesa deliciosa. Mi conclusion de todo esto es que esquiando soy feliz. Pretty easy, huh? 


En 2015 empecé mi segundo trabajo como (casi)abogada y terminé empezando con mi primer contrato laboral firmado, prácticamente saltando de alegría cuando me informaron de ello y celebrándolo con toda mi familia y mis mejores amigos en una comida que fue puro sentimiento. Os recomiendo muchísimo celebrar vuestra graduación por todo lo alto. Al fin y al cabo, son cosas que no pasan a menudo. Después de estudiar una carrera y dos másters, estoy tranquila de haber hecho lo que tocaba y lo que me apetecía; y creo que eso es una gran suerte. 


Precisamente gracias a estos másters de los que os hablaba, he conocido a personas que pienso incorporar en mi vida de forma definitiva. Hay personas con las que, sin saber por qué, vamos acercándonos de forma casi inconsciente y de repente, sin darnos cuenta, nos encontramos absolutamente conectados a ellos y ya no hay vuelta atrás. Durante 2015, he tenido la suerte de toparme con, al menos, cuatro nuevos amigos. Estoy agradecida por haberme cruzado con ellos, por haber pasado fines de semana en la Costa Brava juntos - teniendo que ser rescatados en alta mar -, por las horas de inacabables listados de documentación revisada y por la complicidad de compartir canciones, bromas y vueltas a casa en moto. Estoy agradecida por los fines de semana de niñas improvisados, por las cenas de sushi y por las conversaciones enternas mediante notas de voz. Me comprometo a dedicarles los ratitos que podamos y sobretodo a serles incondicionales.


En 2015 descubrí un país que me cambió y me dio la oportunidad de estar lejos de todo, conmigo misma, pensando y aceptando todos los cambios que la vida me obligaba a hacer y adoptar. Descubrí que Colombia es pura espiritualidad. Colombia me redescubrió la Fe, la fuerza y la esperanza. Por todo ello tengo muy claro que el mundo es de los valientes y que a veces no hay más remedio que irse (a donde sea y como sea) para poder volver.


Empecé el año 2015 regalándoles a mis amigas un jarrón de cristal con doce papelitos: uno para cada mes. En cada papelito les proponía una actividad para hacer juntas. Si os pasa como a nosotras que, aunque sea horrible y parezca mentira, podemos pasar más de un mes sin vernos, os recomiendo que lo hagáis porque es una manera de 1) verse a menudo y 2) hacer cosas nuevas. Entre otras cosas hemos ido a comer sushi, descubierto un barrio de Barcelona que no conocíamos, hemos ido al teatro, paseado a nuestros perros, preparado un pastel... Son de lo mejor que tengo, aunque no sé como las aguanto.


De 2015 también me quedo con algunos nuevos hábitos. He vuelto a ir al gimnasio y juro y perjuro que continuaré haciéndolo (por mi salud física y mental). He retomado el canto y no puedo estar más contenta porque me permite desconectar cada jueves, utilizando partes de mi cerebro que tenía olvidadas y redescubriendo sensaciones que son absolutamente intuitivas. Mi conclusión: cuando uno trabaja necesita ocupar su tiempo libre en todo aquello que realmente le compense. 



Y siento hacerme pesada, porque no es la primera vez que os lo cuento, pero es que en 2015 he visto, seguramente más claro que nunca, que existen conexiones indestructibles. Os hablo de conexiones que simplemente están latentes y de repente, sin previo aviso, entran en acción. Y cuando aparecen todo cobra sentido. Seguramente no son lo más agradable que nos ofrece el mundo pero indudablemente hacen nuestra vida un pelín más interesante. A mí personalmente me encanta pensar que las personas somos mucho más que lo que hacemos conscientemente y que existen partes de nosotros que ni controlamos ni sabemos que existen. Igual es que hay algo más allá de nuestras capacidades. No sé si es el destino, si es Dios o si es el subconsciente. Lo que sé es que a esa conexión no pienso dedicarle ni más ni menos de lo que se merece. Porque no vale la pena querer matarla ni tampoco darle un protagonismo inmerecido. Es bonita y nos recuerda todo lo que fue. Y es que cuando estamos así de conectados ni nos engañamos, ni nos olvidamos, ni nos dejamos en paz.  Igual es simplemente que hay personas que forman parte de nosotros y nosotros de ellos. Es precioso, ¿no?

Seward

A parte de todo ello, que ya es mucho, en 2015 me he cambiado las gafas, he cambiado de perfume, he empezado a usar tacones y a vestir con americana, he recuperado a una buena amiga, he bailado un montón, he pasado frío en la moto, he pasado ratos con mis abuelos que no tienen precio, he bebido millones de litros de infusiones y he perdido mi móvil por la carretera, inter alia.


Al año 2015 le robo muchas cosas, soy muy consciente. Igual no estoy en posición de pedir,  pero por pedir que no quede así que ojalá el año que viene (o cuando sea) se cumpla lo que dice esta canción:


Hasta pronto, 

X.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Cosas que a la gente no pero a mi sí

Que cada uno tiene sus gustos está claro. Y gracias a Dios que así es, porque sino la vida sería mucho más aburrida y monótona de lo que ya es. 

Sin embargo, es más que evidente que hay cosas que gustan a todo el mundo (los grandes éxitos, que causan furor) y cosas que parecen no gustar a nadie: quedan arrinconadas y que son apreciadas por muy pocos. 

No os diré que nunca sigo la corriente, más que nada porque sería una mentira muy grande; estamos en pleno Adviento y no toca mentir. Pero me quedo tranquila, porque es verdad, si os digo que tengo mis gustos muy definidos y que, al menos a veces, no son los más extendidos. Que soy un poquito original y me encanta. 

Así pues, hoy reivindico las cosas que a la gente no, pero que a mi sí: 

1. La purpurina

Quien no sabe apreciar la purpurina, es porque solo se ha fijado en la purpurina cutre y sin ninguna gracia. Con la purpurina que sobra, que es excesiva y que básicamente no aporta nada. 

Sin embargo, defiendo a capa y espada que "a little bit of sparkle doesn't kill nobody". Me gusta en pijamas, en pintauñas, en el maquillaje y en el árbol de Navidad, entre otros. Obviamente me gusta la purpurina sutil, pequeñita y que ilumina. Nada de horteradas, no os confundáis. 


2. Los pintauñas azules y verdes


3. Las infusiones

Igual es porque las identificáis con estar enfermo, igual porque no os gustan las bebidas calientes. Sea como sea, muchos no entendéis por qué me paso el santo día con una taza en la mano. 

Básicamente, las infusiones me relajan y me sientan súper bien. Además existen millones de tipos y sabores. Prepararme una infusión es uno de mis rituales favoritos.


4. El arroz blanco con ketchup

Hay quien mete las patatas fritas en el batido de fresa. Yo pongo ketchup en el arroz blanco. Me encanta, no lo puedo remediar. Y si le añado un huevo frito, estoy en el cielo.


5. El invierno mil veces antes que el verano

El invierno es, sin duda alguna, mi estación favorita del año. Es una cosa tanto mental como física: mencanta la nieve, las mantas, mirar series durante horas seguidas, los jerseys y los abrigos. Además, tolero muy mal el calor, me sienta fatal.  

Aquí lo explican demasiado bien:


6. La combinación de negro con azul marino

Me parto de la risa cuando alguien dice que odia la combinación de negro con azul marino. A mí siempre me ha encantado. Supongo que me pasa como con la música: no hay nada mejor que afinar a la perfección una disonancia. Pues no hay nada mejor que combinar el negro con el azul marino que toca (porque no cualquier azul marino vale). 

* Mis botas de esta temporada. No hace falta que me explique más. 

7. Comerme el limón de la coca-cola

Me rechifla el limón con sabor a coca-cola y no me voy de un bar sin haberme commido el mío y el de mis amigos, que nunca lo quieren. Ellos se lo pierden.


8. Los lazos en la cola de caballo

Supongo que es por herencia madrileña, pero me pierden las colas de caballo con una lazada. Tienen un punto cursi y de época que me gusta muchísimo. Además lo reservo para ocasiones muy contadas, porque me hacen sentir muy diferente.

Con todo, vigilad porque sería un error garrafal usar una lazada fea, cantona o demasiado grande. 


9. Elvira, Valeria, Camila y Daniela

Mis hijas tendrán alguno de estos nombres, seguro. Y nada de decir que son de abuela.



10. Dormir con los calcetines puestos

No os enfadéis conmigo antes de tiempo: tiene una explicación.

Las mujeres de mi familia solemos tener los pies fríos. Creo que es un tema de mala circulación. La cuestión es que no puedo soportar pasar frío por la noche y por lo tanto siempre duermo con los calcetines puestos.


Si encima son grises y de cashmere...os aseguro que duermo muy tranquila.

Y esta canción, espero que os guste a todos porque es espectacular:


En definitiva, son las cosas que me hacen sentir muy yo: que me definen, me identifican y me dan la oportunidad de defenderlas a muerte (me gusta bastante discutir y argumentar) cuando alguien las critica.

¿A vosotros con qué os pasa?

Hasta pronto,

X.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Sobre los fines de semana

En mundo irreal ideal a todos nos pasaría como a Lady Grantham de Downton Abbey, que no sabe qué es el fin de semana. Sin embargo, y seguramente gracias a Dios, los que trabajamos de repente descubrimos que el fin de semana efetivamente existe (there is such a thing like the weekend, my dear) y pasamos a darle un valor casi incalculable. De hecho, cuesta horrores encontrar el punto medio entre sentir que aprovechaste las 48h que te da el Estatuto de los Trabajadores a la vez que te sientes descansado. 


Lo de las 48h no os lo creáis; es la gran mentira de las mentiras: la tarde del domingo casi no cuenta porque el lunes aprieta tanto que es imposible disfrutarla como se merece. Además, algunos tenemos una extremidad más de nuestro cuerpo: el portátil, los binders, los papeles, el trabajo. 

"Me tengo que llevar trabajo a casa. Vale. Entendido. Ningún problema. Lo ponía en mi contrato. Todo controlado. Que no, que no me quejo. Que sí, que lo escogí yo. Que me gusta lo que hago. ¿Vale?"

De momento, creo que lo estoy llevando bastante bien. ¿Cómo?

1. Keep in mind que tu trabajo lo escogiste tú solito. Además molas un huevo y vas a llegar lejos. Créetelo. En serio, es la verdad. 


2. Búscate planes que te den la sensación de ser libre y de haber hecho cosas diferentes y haber desconectado pero que tengan una duración limitada. Así no los alargarás eternamente. Ya se sabe que el autoconvencimiento es muy traicionero: "ostras, se nos fué la hora", "al final nos alargamos", "hacía tanto que no nos veíamos que...". Nada de todo eso porque luego el tiempo se nos hecha encima.

Algunas ideas:

- Móntate un buen aperitivo: el aperitivo es perfecto porque te permite levantarte tarde (o idealmente trabajar un rato por la mañana) y te obliga a volver a casa para comer. Puedes aprovechar e ir a un bar chulísimo de esos a los que hace tiempo que quieres ir, pero vigila si pides berberechos: suelen hacerte pagar el precio de su peso en oro. 


-  Ve al teatro o al cine: tienen duración determinada y son a una hora concreta. Vas, ves la obra o la peli y vuelves. Genial.

La fantástica Carme Pla en Humor Humà, que por desgracia terminaba hoy. Estad atentos a si vuelve a las salas porque es espectacular.

- Organízate una cena tarde: lo bueno de vivir en un país del sur de Europa es que comemos y cenamos tarde. Apróvechate de ello: curra toda la tarde y queda a última hora para cenar. Dos en uno, tú.


3. Fíjate una meta motivacional, como el fin de semana de esquí que te espera en un par de semanas al que tienes que llegar a) vivo y b) sin portátil. 


4. Quédate con lo positivo y piensa en lo comodísimo que es trabajar en tu cama o sofá, con el pijama puesto y con tu perro en la falda. Que las americanas, faldas y zapatos de tacón son monísimos pero fácilmente sustituibles. 


En definitiva, evita quedarte todo el día en casa mirando series, comprando on-line y comiendo chocolate y patatas fritas: eso solo te daría la sensación de no haber hecho nada, de haber desperdiciado el tiempo y haberte pasado las famosas 48h que tiene el fin de semana trabajando pero sin avanzar demasiado. Organizarse para no procrastinar es la clave

Siempre puedes ponerte esta canción para animarte, es preciosa:


Hasta pronto, 

X.